El Código Menghi, colaboración de Julio Zoppi

March 30, 2006

Esta colaboración será efectista, exitista, vulgar y descontrolada. Poseído como estoy de haber hallado parte de una revelación secreta, de unos signos milenarios ocultos entre las cabriolas de una esfera de material sintético que vuela al compás de una de las energías orgánicas mejores pagas del planeta. En mi colaboración de hace unos días hablé de un gol que se nos negaba, de esos de rebote, los que son imposibles de desanudar como parte del arte del fútbol, que pertenecen a la condición maldita y meteorítica de este irracional deporte. Los Dioses y las leyes del Magnetismo me oyeron, el gol de Menghi fue como una pintura de Da Vinci que nos regalaba la excelsa astucia de un mensaje. Y es que lo sucedido el martes a la noche tal vez sea la clave de acceso de un Código Menghi, tal vez haya ocurrido que no haya sido más que un acto de resusitación mínima, pasajera, volátil, injustificada, ni siquiera merecida. Pero necesaria. No hay festejo, hay un rictus nervioso de beligerancia, un ademán rústico de respiración incapaz de presumir como una delectación. Por ello abandono todas las pompas y desciendo a las galerías de la trivial anécdota.

Tras esta abstinencia de condenados, cuando todo la bolsa estaba por reventar que mejor que re-desvirgarnos descargando los hectolitros de semen contenido sobre los cuervos, hijos nuestros de toda la vida que nos dieron tantas alegrías como aquella goleada histórica del 2001 que nos abrió las puertas del título, con los goles del Chanchi Estévez y aquel globo magistral de Bedoya. La noche del martes no miré el partido, mi hijo me dice a la tardecita “no querés jugar un partido al tenis a la noche?” Bueno, dale –le digo- conseguimos turno de 22 a 23. Después de jugar, y de obtener un honroso 7-5 en contra, recogimos las raquetas, y pasamos por el buffet a pagar la iluminación de la cancha. Había un televisor ahí y varios parroquianos mirando el partido. Mientras pago le digo al que atiende “van 0 a 0 todavía, no?” El muchacho asiente con la cabeza y me da el vuelto. Lo saludo, me doy vuelta para salir y siento un murmullo que sonaba parecido a gol. Me doy vuelta y veo a unos 10 metros en el elevado televisor unas figuritas de color celeste que salían corriendo a festejar. Ipso facto pegué un alarido feroz “Vaaaamos todavíaaaaa”, en esos momentos para cualquier juez yo sería un inimputable bajo un estado de emoción violenta. La gente del club se debe estar preguntando por ese tipo que gritó, nadie de los presentes creo que sabía de mis inclinaciones académicas. Evidentemente creo que ahora se enteraron un poco bruscamente.

© Julio Zoppi arquitecto y blogger

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