Si no se juega bien, no es fobal

April 12, 2006

Cuando se quiere escribir o comentar sobre fútbol, por fuera del negocio de retransmisión de imágenes, se cae (como una bolsa de papas) en el sencillo lugar común: Dante Panzeri. Quizás un idealista, un teórico, aquél que acuñara el digno concepto “dinámica de lo impensado”, alguien que ya está distante, demasiado, por el peso de la historia futbolística de los últimos treinta años. Ni se me ocurre postular que sus dichos estén desactualizados, sino algo distinto, que la impronta de Panzeri ha quedado en un juego todavía con regusto amateur, cuando era posible que un equipo de estudiantes universitarios arriesgados conquistara un título internacional. Con hacha, tiza, martillo, agujas, y lo que fuera. Pero hoy, con la tuerca del alto rendimiento acogotando la popularidad del fútbol, no cualquier hijo de vecino puede estar en la primera. Hoy, el hijo de vecino, a lo sumo, puede quedar pegado contra el alambre en una avalancha, pero pasar del otro lado, se convierte en una ambición desmedida, algo que la voluntad sola no puede remediar.

El escenario es distinto, un tanto salvaje. En términos selváticos, para estar en la primera hay que tener la velocidad de un chitá, la garra de un tigre, la habilidad de la gacela o la fortaleza de un paquidermo enfurecido. Todas las características o una sola, y de eso dependerá el valor agregado de la carne con camiseta. Luego, el mercado de pases, luego, la ganancia espúrea por recuperar los derechos federativos. Los clubes argentinos (los clubes sudamericanos, en general), viven en función de la búsqueda de tales destacados atletas. Y cada día son menos (inversamente proporcional a la miseria reinante), por lo que, cuando aparecen, se destacan como mosca en mantel blanco. Pongamos el caso estigmático del fútbol argentino: el 10. Hay un antes, y hay un después, razón por la cual la comparación del nuevo jugador en esa función está condenada de antemano. Es como el escritor que sale al ruedo con un estilo sólido: en la antípoda de la historia literaria lo espera Borges, muerto, enterrado, levantando la ceja, musitando una sentencia inapelable. No importa lo que haga, el jugador deberá superar el techo de aquél ídolo mediático, incluso, la avalancha de patadas, los títulos obtenidos, la popularidad que lo ha hecho valor de cambio en el sultanato de Brunei. Si yo pudiera ser jugador, elegiría cualquier camiseta menos esa, y además por que soy realista: siempre fuí cultor del estilo adusto de Aguirre Suárez o del Tata Brown. La gambeta, en mi caso, siempre fue un privilegio a desparramar violentamente en el césped. Pero piensen un instante en el que nace habilidoso, y para colmo, argentino. ¿No está condenado a venerar al magnánimo por siempre? ¿No es una opresión exagerada que sea comparado con tal heroicismo absoluto? Hoy, ser 10 nativo, es el estigma del arroyo sucio. ¿Y por qué digo esto? Sencillo. ¿Cómo imaginan un equipo jugando bien al fútbol? De la única manera: teniendo la pelota el mayor tiempo posible. Porque, para jugar sin la pelota tenemos el fútbol del Chelsea (Mouriño, un amarrete de mierda), o el de Bianchi. Resultadistas, piqueteros de patada u obstrucción constante. Creadores de únicas jugadas luego de 88 minutos de karate kid. Y cuando se encuentran con un equipo plantado, que sabe tener la pelota, dejan la evidente huella de tales esfuerzos: el Barcelona, hace poco, brindó dos clases de fútbol frente al Chelsea (partido de ida y de vuelta, como para que tengan, guarden y lloren en la iglesia más cercana). Pero volvamos sobre un tema: eso de tener la pelota el mayor tiempo posible no significa entretenerla para dormir al público, o administrarla con la paranoia exagerada con que Bielsa hacía pasar de largo a los delanteros, mediocampistas, defensores… Jugar bien, en el mar de mediocres corredores maratónicos, es manejar el tiempo del partido administrando el juego. Es hacer que el que corre, lo haga al pedo. Que su desgaste luzca infructuoso, que la pelota sea, el mayor tiempo posible, el bote salvavidas del equipo. Y para eso, hace falta más que un corazón del tamaño de un melón, dos pulmones recontrahiperventilados, para eso hace falta oficio (esto incluye: vocación ofensiva, huevos y cabeza fría), cualidades técnicas, visión periférica y coordinación conjunta. Brasil lo mostró en el mundial 70, Argentina en el 86 y luego, Brasil en 94, aunque la final fue demasiado pobre a raíz del rival que le tocó en suerte. Equipos como el Sao Pablo, Barcelona, de a ratos el Manchester, muestran esa forma de juego.

Ahora bien, siempre existirá la duda razonable en estas lides. ¿Sirve de algo jugar bien y no ganar un carajo? Y aquí llega Pekerman. El tipo mostró que sus juveniles hacían eso que entendemos como fútbol. Es más, jugaron algo superior, jugaron fobal: potrero profesional. Talento y garra. Muchos de esos pibes hoy son la carta natal del destino selección para Alemania. Sabemos que no tenemos al 10 ideal, sabemos, también, que el negocio aflora los dientes a espaldas de las intenciones. Pero me quedo con algo, con el destello, con el chispazo que me hará saltar de la silla. Eso que tanto espero, desde hace años, desde que dejamos a Brasil e Italia en el camino. Gesto de irreverencia de la genialidad, pero ésta vez quiero que el equipo funcione en su alrededor, provocando, cuidando ese objeto esférico, liviano, indócil, que hace que la suerte esté en los pies más divertidos.

© Omar Genovese

One Response to “Si no se juega bien, no es fobal”


  1. […] Si no se juega bien, no es fobal. […]


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