Un diablo de paseo por el cielo sin gerentes, colaboración de Fabio Bustos

May 13, 2006

Días atrás, el hijo dilecto del capitalismo futbolero dió la vuelta en Avellaneda. Corrección: no dió ni La Media Vuelta, ni un bolero parecido. Desde algunos sectores del Libertadores de América (Baños del Perón, para el lector empresarial) se interpretó que la madera de platea es el elemento ideal para agredir la Fiesta ajena.

Había mediado un compromiso vergonzante con el COPROSEDE: los macribosters campeones darían la vuelta-interruptus en Brandsen 805. Sin embargo y, acaso, demostrando su derecho a desconocer pactos espúreos, los jugadores pretendieron iniciarla en terreno visitante.

Los “códigos”, ese sustantivo que reivindicó el filósofo Jacobo Winograd en los albores del Tercer Milenio, lloraron su desventura por los potreros.

El Espíritu Deportivo y el Sentido de la Fiesta se fueron extinguiendo detrás de hinchas de pobres corazones que olvidaron la Gloria de esa camiseta roja que no es la de Cambaceres y se diluyeron en un comité de Inseguridad que antes de purgar a los violentos prefiere calificar una Vuelta Olímpica como “factor de provocación”.

En verdad, los códigos comenzaron a morir a manos de una filosofía instalada en todas las barrasbravas y sus seguidores intelectuales, los “enfant terribles” de la platea . Me refiero a ésos “niños ricos que tienen tristeza”, como los amparaba la homilía de Carlo, pontífice de Anillaco.

El fundamento del pataleo violento excede a la tradición folclórica del ingenio dialéctico. Ante la imposibilidad de volverse gigantes por esa vía, la impronta creativa de cantitos y banderas pasa a ser artículo de cotillón. Imponen el travestismo del Extra Chico, el complejo de David del que pretende derrotar a Goliath con honda y piedra.

Que Goliath existe, no hay dudas. Pero Goliath no es sólo el que tiene olor a estiércol ni el de la gripe aviar. Todos sufrimos Goliaths encima; pero, también, todos somos Goliath de cientos de Davides. Ahora bien, en términos menos relativos y más concretos, vemos recurrentes Goliaths en la AFA, la CSF, Blatter, Grondona…hasta el cuarto árbitro o el banderín solferino de la reserva lo pueden ser.

La pregunta es si una Piedra para conquistar la cabeza de Goliath no entraña el peligro de convertirlo en Hidra. Y quién sabe entonces cuántas piedras necesitaremos para arrancar dos cabezas nacientes por cada una cortada.

El último clásico de Avellaneda mostró a vecinos furibundos buscando en su estadio rastros de Fernando Goliath. Él ya se había empezado a ir. Rodó su cabeza y se fortaleció en una testa más joven y siniestra, que ni siquiera necesitó cambiar de nombre. La Hidra está más viva que nunca. El ingenio inventó el Futbol y depuró sus destrezas.

El ingenio seguirá siendo la única esperanza de los Davides. Mientras tanto, no va a venir nada mal aceptar la contienda contra los Goliaths con los huevos que requiere ser un Dandy en la derrota. Masticar la bronca, extender la mano e irse a casa pensando cómo hacer para que la próxima sea mía. Al final de cuentas, es un Juego. Y Jugar es el verbo Divino.

© Fabio Bustos

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